El precio que pagamos por vivir desconectadas del cuerpo.
El precio que pagamos es mas alto de lo que nos pensamos.
Desconectarnos del cuerpo es hacernos invisibles para nosotras mismas, es levantar un muro en dirección a nuestras necesidades y a nuestro sentir. Es vivir en un estado de desregulación crónica, sintiendo que la vida es una amenaza constante.
Nos volvemos vigilantes, incapaces de bajar la guardia, con esa sensación persistente de que el peligro puede alcanzarnos en cualquier momento.
Lo sentimos cuando queremos relajarnos, pero no podemos.
Cuando los pensamientos en bucle nos desgastan.
Cuando la falta de energía nos paraliza.
Cuando la impotencia parece ser parte de nuestra identidad
¿Te suena familiar?
¿En qué momento elegimos salir de nuestro cuerpo?
Tal vez fue cuando no encontramos los recursos ni el apoyo necesario para navegar por nuestras necesidades y afectos.
Tal vez fue una forma de protegernos, un refugio frente al dolor y la ausencia.
Vivir en nuestros cuerpos significa sentir. Sentir lo cómodo y lo incómodo, estar presentes con nuestras necesidades, decir “no” cuando lo necesitamos, confiar en nosotras mismas y en nuestra voz. Lo contrario es desaparecer: pasar por encima de nuestras propias señales, volvernos invisibles para nosotras, hasta perder el rumbo y depender de otros para satisfacer nuestros deseos.

Desconectarnos del cuerpo es hacernos invisibles para nosotras mismas, es levantar un muro en dirección a nuestras necesidades y a nuestro sentir. Es vivir en un estado de desregulación crónica, sintiendo que la vida es una amenaza constante.

